Hacia el despertar…

Nuestra vida está llena de experiencias, de emociones, de pensamientos, espacios de vacío y conexión, de profundas y arraigadas contradicciones que habitan en nuestro interior y nos encierran muchas veces en un inútil y dañino sinsentido. Son esos momentos donde nos olvidamos por completo de la alegría del vivir y el agradecer de estar presentes en el presente.

Desde que nacemos nuestra mente graba. Actúa como una constante cámara de video que registra detalles, aromas, acciones automatizadas, formas de vincularnos con uno mismo y con los demás, expresiones y creencias que tomamos como propias y son huellas que nos deja la familia, las amistades, las instituciones y el inconsciente colectivo de la nación.

Mientras estamos “dormidos” no somos conscientes de seleccionar aquello que la mente graba y nuestra percepción de la realidad queda teñida y ligada a los paradigmas que adquirimos por nuestros entes socializadores, restricciones y exigencias variadas de la conciencia moral colectiva.

Estas ideas, creadas artificialmente, fueron sembradas a lo largo de este tiempo y generan topes en la conciencia, no permiten abrir el angular de nuestra visión más allá de lo conocido. Estas barreras alimentan emociones desagradables, preocupaciones, angustias, desconocimiento de lo que nos pasa, estados anímicos cristalizados por la rigidez que habita en el cuerpo emocional y un desgaste enorme de energía derrochada en desajustes de la personalidad a lo largo del día a día.

Encender el fuego en torno al conflicto quema rápidamente mucha energía, dando lugar al mal humor, a la irritabilidad, al miedo, a la rivalidad, al estar lejos de uno mismo, al choque innecesario con los demás y por sobre todo destruye la posibilidad de entrar en comunión con uno, de conectarse, de conocerse, respetarse  y desandar las causas de lo que nos pasa.

Cuando elegimos tomar las riendas de la vida y afrontar el propósito de despertar, lo primero que nos sucede es que concentramos la energía en el enfoque del nuevo estado que anhelamos arribar, generar así la coherencia interior necesaria, para que la energía fluya sinérgicamente entre lo que pensamos, sentimos, hacemos y decimos. Este puntapié sólo es posible si estamos dispuestos a luchar con los propios defectos humanos y trabajar responsablemente en nuestro mundo interno durante mucho tiempo, para transformarnos y destruir los obstáculos ligados a las formas y contradicciones establecidas.

En esa búsqueda de mejorar el ser , comenzamos a seleccionar qué guardar y qué no, en qué cajones de nuestra mente y con qué etiquetas, para dar un enfoque distinto a la existencia cotidiana. Así, al limpiarnos incipientemente de las contracciones internas, de los sufrimientos y las susceptibilidades que emergen ante la intolerancia de la verdad, nace el despertar del buscador interno, que obliga a estar atentos y transitar pacientes el paso a paso desde lo mediocre hacia una existencia con significado.

El despertar implica trabajar como trabajan los ambiciosos, pero matando el deseo de ambición. Así el observador nos permite conducir la energía hacia una mriesgo-caida-saltoeta determinada y dejar atrás la idea que cada cosa que nos pasa es por casualidad, o porque no tenemos hoy los medios para alcanzarlo o creer que es la culpa del otro y nos convertimos así en víctimas de esa idea.

Estas justificaciones que creamos son miedos, que nos limitan el cambio y a la posibilidad escondida tras éste, que vienen de la cara de la personalidad que no quiere verse abandonada, es la resistencia del ego para moverse desde el brillo de las cosas a la esencia de las mismas.

Observarse es tomar conciencia que no somos el pensamiento, la emoción, el hábito repetitivo, el vicio adquirido por las formas establecidas, no somos esa pequeñez que toma la universalidad de nuestra realidad, sino tan sólo una parte de ella. Por eso, la observación es la herramienta que nos permite ir al encuentro de nuevos paradigmas, es la percepción viva y sensible de nuestros mundos internos y externos la que nos vuelve descubridores de este universo invisible.

El estar conectados nos otorga la enorme posibilidad de derribar los topes y auto-prometernos el salto hacia una realidad superior. El trabajo interno consagra la naturalización del cambio y la predisposición a transitar el camino.

Por lo tanto, el hecho de sostener la energía del observador nos abre la posibilidad de pasar de vivir estados bajos de conciencia a estados más lúcidos, de plenitud, felicidad y agradecimiento.

Cuando las cosas comienzan a encauzarse por la transformación, el observador también necesita cambiar los anteojos con los que veía la realidad y la expansión de la conciencia genera una actualización más detallada y profunda de los distintos niveles de observación. La inteligencia intuitiva despierta a la melodía natural del corazón humano y la percepción se vuelve más atenta, fina y nace allí el conocimiento, la confianza, la esperanza y certeza.

Al escucharnos, comprendernos y sincronizarnos con los movimientos naturales de la Vida,  se avivan sensaciones, pensamientos y actividades que nos convocan a descubrir  lugares más sensibles y bellos,  otorgándonos mayor energía para el andar cotidiano.

La experiencia de vivir y quebrantar las propias limitaciones es el camino para alquimizar el paso entre lo estático y el movimiento, entre el dormido y el despierto, entre esta Humanidad astralizada  y una nueva que conecte su mente con una conciencia superior, acrisolada, procedente de un corazón amoroso y un pensamiento libre afluente de la expresión del Alma.

Así, cada fragmento con significado que abraza por instantes la luz, nos expande en la Conciencia del A-mor y nos abre a que el pensamiento imagine lo cotidiano en términos de lo extraordinario y la experiencia encuentre al hacer camino, la magia en la unidad con uno mismo, con los otros, con el Todo. Falling a drop of water

Tallar sobre la conciencia realidades superiores es el sendero para conectar con los designios de la memoria del Alma y revelar con el tiempo la trascendente conquista de la Verdad.

Lic. Jimena Rodríguez

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